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El fantasma de Sabato


Domingo 23 de septiembre de 2012 | Publicado en edición impresa
Los talentos / Hoy, Ernesto Sabato

El fantasma de Sabato

Por Jorge Fernández Díaz | LA NACION


El fantasma de Sabato se pasea por la vieja casa de Santos Lugares. Visita el atelier donde pintó y repintó cincuenta obras sombrías, recorre la biblioteca llena de ediciones remotas y en algunos casos directamente pirateadas de sus novelas y ensayos, entra en el cuarto cerrado donde Matilde pasó sus últimos días y, finalmente, se asoma al jardín. Allí recuerda una tarde entre todas. Cuando su pequeño hijo Mario jugaba ruidosamente con sus amigos y, de pronto, vio que todos se quedaban congelados. Al darse vuelta, Mario descubrió que su padre se asomaba por la ventana del cuarto donde escribía Sobre héroes y tumbas y que, con ojos desorbitados, le preguntaba: "¿Se puede saber por qué carajo gritan?". Mario le respondió: "Yo porque soy chico. ¿Y vos?". Don Ernesto no dijo nada, retrocedió hasta su máquina de escribir y su soledad, y al poco tiempo mudó su oficina a un cuarto del fondo. Mario recuerda que leía a escondidas las páginas de esa novela: temía que no le gustara. Y por ese largo río gótico y existencialista se encontró con el Informe sobre ciegos , como quien se choca con la casa de Psicosis . Le fascinó tanto que muchos años después la filmaría, con un Sergio Renán inolvidable en las ropas de Fernando Vidal Olmos. "¿Por qué no hacés mejor la larga marcha de Lavalle? -quiso prevenirlo don Ernesto-. Es más prudente." Mario contestó: "La prudencia no es una de mis virtudes". Padre e hijo cultivaron siempre un carácter hosco, ajeno a las efusiones, una relación de tormentas fuertes y amaneceres espléndidos. Tomados por un pudor insalvable, jamás se comunicaban los sentimientos. A veces se escribían cartitas, para reconciliarse, y Matilde trabajaba de correo, haciendo incluso desaparecer alguna misiva que, según su criterio, podía avivar más el fuego en lugar de apagarlo. La única vez que Ernesto le dijo "te quiero" a su hijo fue cuando cumplió 92 años.
Es justamente ahora Mario Sábato quien más está luchando por lograr que esa legendaria finca de Santos Lugares, donde vive un nieto de Ernesto, se convierta en una casa-museo, un punto insoslayable del patrimonio cultural argentino. "Mi padre tuvo varios golpes tremendos -me cuenta-. El primero fue el comienzo de la enfermedad de Matilde. El segundo, la muerte de mi hermano Jorge [en un accidente]. El tercero fue la muerte de mi madre. Después, estuvo deprimido y atacado por las nieblas de la mente. El principal fantasma de Ernesto Sabato fue él mismo."

Ernesto Sabato en su casa de Santos Lugares.  Foto: Archivo
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Sin embargo, los fantasmas no descansan. Están hechos del material de los recuerdos y asaltan de vez en cuando a sus viejos amigos. Para Magdalena Ruiz Guiñazú ese fantasma sigue junto a ella, en aquellos almuerzos que hacía en su casa con Jaime de Nevares, Graciela Fernández Meijide y otros compañeros de la Conadep. Evoca la periodista un almuerzo en especial, cuando un ministro del gobierno alfonsinista se hizo presente para intentar convencer al grupo de que no se pronunciara públicamente contras las leyes del perdón. Ernesto cortó de raíz la operación, y le dijo al emisario presidencial: "Nosotros bajamos al infierno para recabar esto. No vamos a mover ni una coma de lo que escribimos". El ministro, algo contrariado, se retiró, y el grupo rodeó lentamente al escritor para abrazarlo. Como se abraza un tótem, o el coraje o una convicción.
Para Alberto Díaz, su sabio editor, el fantasma se cuela en la memoria a través de una visita inesperada. Fue una tarde remota, cuando su secretaria le avisó en Espasa Calpe que don Ernesto lo esperaba afuera. Alberto lo hizo pasar. Sabato estaba angustiado por un aniversario del Nunca Más : el mundo era, por supuesto, terrible. Había caminado durante horas sin rumbo fijo, y ahí estaba sentado, mirando la pared llena de retratos de grandes narradores y poetas. Para gran asombro de Alberto, Sabato dijo: "Ah, tenés al turquito Saer. Vive en París y le va muy bien. Eso me lo debe a mí". Díaz se quedó perplejo. En primer lugar, por la sorpresa de que Sabato conociera de antes a quien luego se convertiría en el narrador más importante de la vanguardia argentina. Y en segundo término, porque el viejo maestro le hubiera dado una mano al autor de Cicatrices y El limonero real . "Fue una vez en Santa Fe, donde yo tenía una mesa redonda -le contó Sabato-. El turquito y un amigo, también cuentista, me vinieron a ver para que yo leyera sus relatos. Los leí y, al día siguiente, les dije: «Ustedes escriben muy bien, pero éste es un país salvaje; váyanse al extranjero». El turquito se fue a París y mirá qué buenos resultados le dio."
El editor no dijo nada, pero sospechó que esa anécdota era apócrifa. Sin embargo, la atesoró un tiempo hasta que vio a Juan José Saer en Francia y le preguntó directamente por ella. "No me vine por consejo de Sabato, pero es cierto que me lo dio", le contestó Saer. Alberto se admiró del ojo catador de don Ernesto, que con una rápida lectura se había dado cuenta de que aquel joven desconocido tenía todo el futuro del mundo. "El viejo sabía, tenía olfato literario", se admira Alberto todavía.
En los últimos tiempos, Sabato -un agnóstico abierto al misterio de Dios- condescendió a comulgar. Mucho tuvo que ver con eso el ensayista, poeta y sacerdote Hugo Mujica. Ernesto creía que la realidad no cabía en la realidad, y asistía a sus oficios en la parroquia Patrocinio de San José. Lo había conocido veinte años atrás, cuando Mujica presenció una charla en la que Sabato se despachaba contra Dios y contaba cosas espeluznantes sobre los ciegos. Cuando el escritor bajó del escenario, Mujica le dijo: "Mi papá es ciego y yo soy teólogo". Nació entonces una amistad que continuó a lo largo de dos décadas. "Una vez me vio en televisión riéndome, y me llamó al orden: un intelectual no debe reírse, me dijo, el mundo es un asunto grave", recuerda Mujica. Coincidieron una vez en Madrid. Estaban charlando en un hotel y, de pronto, sonó el teléfono en la habitación. Mujica atendió y le pasó el teléfono: "No sé quién es. Una mina". Don Ernesto tomó el tubo, y dijo: "No me acuerdo. No, no me acuerdo. No, la verdad es que no me acuerdo". De repente perdió la paciencia, y explotó: "¡Mire, señora, yo no tengo la culpa de que usted no sea inolvidable!".
Un fantasma que lleva su nombre cobró la forma de una fundación que tiene maravillado a Juan Carr: "Es extraordinaria, creativa, no se parece a ninguna otra. Toman tres veces por semana a 160 chicas humildes de las villas 20, 1-11-14, Soldati y Fátima del Bajo Flores y también de Ciudad Oculta y las trasladan en micros hasta la sede de la Universidad Tecnológica Nacional [UTN], en Lugano, donde les dan apoyo escolar, orientación vocacional, salida laboral y cariño. Con la ayuda de Bernardo Kliksberg. Tienen una relación muy directa con cada una de esas chicas, las tratan como si fueran parientes. Se meten en lugares peligrosos para rescatarlas, y tienen con ellas un seguimiento personalizado y afectuoso. Escucho que en la fundación de Sabato festejan cuando fulanita leyó finalmente La Ilíada , o cuando pudieron llevar a cinco de ellas al teatro".
Carr conoció a Sabato hace diez años y se quedó impactado por su sensibilidad social. Le pareció que el escritor tenía un gran dolor íntimo, producto de lo que veía en estas sociedades desiguales. Y que combatía esa herida generando heroicas empresas comunitarias. "Cuando el Ministerio de Educación empezó a distribuir libros de cuentos en las canchas, estuve hablando un poco con don Ernesto, a quien le parecía una buena idea. En un momento dado, le pregunto de qué cuadro es: Estudiantes. ¿Y si había jugado al fútbol y en qué puesto? Me respondió: «Yo era defensor, jugaba de cuatro. Me decían 'El Hacha'»." Eso derivó en que Sabato fuera a la cancha a ver a Estudiantes. Por última vez en su vida.
El autor de El túnel creó esa fundación en el peor momento de la Argentina moderna: el año 2001. Algunos de sus "miembros de honor" fueron José Saramago, Augusto Roa Bastos, Eduardo Falú, Héctor Bianciotti y Mercedes Sosa. Sabato no quería publicidad, prefería una acción invisible. Con el proyecto Fogones, en aquellos tiempos dramáticos, daban de comer a 1200 chicos por día. Ernesto recibía pedidos de todas partes del país y escribía cartas personales en las que rogaba ayuda para los necesitados. Esas misivas, por lo general, estaban destinadas a funcionarios, empresarios y directores de hospitales. Su brazo ejecutor en el área social era Elvira González Fraga, quien había ganado su corazón. Elvira fue misionera rural y es socióloga. Tenían, con respecto a estos temas, la misma sensibilidad. Junto con Sabato, Elvira conoció a gente importante de todo el mundo, desde François Mitterrand y Jacques Cousteau, hasta Rafael Alberti y el rey de España, que le entregó el Premio Cervantes.
Fueron dichosos en casa de los Saramago. Tanto José como Pilar los recibieron en su hogar de Lanzarote durante el mes de octubre de 2002. Al portugués le fascinaban particularmente los ensayos del argentino. Los dos narradores eran serios y graves, y tenían una visión dolorida sobre la realidad. Los dos eran ex comunistas. Pilar, espejo de Elvira, le dijo en un suspiro: "Hay tanto que hacer". Hace unas semanas volvieron a hablar por teléfono. Quieren aunar fuerzas para una tarea solidaria a nivel internacional.
La fundación abrió sus puertas en una casa chorizo de 1890 que consiguieron en Palermo, a metros de la calle Borges, antes amigo de Ernesto y luego su archirrival. Allí Sabato hizo todo lo necesario para que Elvira pudiera operar sobre el terreno y hacer el bien. Y vaya si lo hizo. La fundación trabaja en los Andes, en la Alta Puna, a 5600 metros de altura, con un frío atroz, llevándoles agua potable a los pueblos originarios. A veces, los campesinos tenían que bajar cinco kilómetros para buscar un triste balde de agua.
También comenzaron a trabajar con los adictos al paco en La Boca y armando talleres musicales para personas de bajos recursos con donaciones de grandes artistas, consiguiendo fondos de donde fuera, e intentando siempre construir un nexo entre la escuela y la casa. "Cuando me faltes, voy a sentir una enorme tristeza -le decía Elvira a Ernesto-. Pero no me voy a dejar caer, porque siempre tendré chicos y chicas que estarán esperando mi ayuda."
Treinta años pasaron juntos Sabato y su aguerrida compañera. Viajaron por el mundo, vieron mucho cine y teatro. Fueron felices. Elvira recuerda cuánto les gustaba el tango. No se privaron de escuchar cantar en vivo y en directo a Edmundo Rivero y al "Polaco" Goyeneche. Y estuvieron con Ástor Piazzolla en el Mater Dei, cuando el gran bandoneonista ya estaba gravísimo. Piazzolla quiso hacer alguna vez una ópera con Sobre héroes y tumbas . Pero Ernesto se negó; no quería sacar esa historia de la literatura.
Jura Elvira que Ernesto nunca perdió la lucidez emocional, salvo durante el último año de vida, cuando se encontró sin habla: tenía una afasia. La tarea principal de la mujer consistía entonces en reconocer lo que él quería decir. Le llevaba películas. Vieron juntos, totalmente conmovidos, La eternidad y un día , aquella obra maestra de Theo Angelopoulos, en la que Bruno Ganz encarnaba a un poeta griego que va a morir. Admiraron mucho los films de Andréi Tarkovski. Y Elvira le leyó Fuego en Casabindo, la gran novela de Héctor Tizón: conocían el escenario, habían hecho trabajo social en aquellos confines. Sabato se interesó, durante los últimos años, en volver a Pedro Páramo y en textos de la española María Zambrano.
Le encantaba ver y oír cantar a Anna Netrebko, la soprano ruso-austríaca. Una mujer bella y una voz increíble. Recuerda Elvira que mientras contemplaban un video de una de sus óperas, en plena afasia, Sabato hizo un gesto con la mano. El gesto de sostener una copa. "Sí, Ernesto -le confirmó Elvira, emocionada-, ahora va a cantar el brindis de La traviata ."
Prefiero recordar a Ernesto Sabato en ese brindis majestuoso, como si se estuviera despidiendo de todos nosotros. Sabiendo que los fantasmas, en realidad, nunca dicen adiós

Fallece Ernesto Sabato

Dolor por la muerte de Ernesto Sabato

El escritor de 99 años falleció en su casa; sus restos serán velados a partir de las 17, en el Club Defensores de Santos Lugares; mirá los videos y la fotogalería

Sábado 30 de abril de 2011
El escritor Ernesto Sabato murió hoy a los 99 años en su casa de Santos Lugares.
El autor de las novelas El túnel , Sobre héroes y tumbas , y Abaddón el exterminador , falleció aproximadamente a las 0.40 de la madrugada en su vivienda de la calle Severino Langeri 3135, partido de Tres de Febrero.
"Hace como quince días tuvo una bronquitis y a la edad de él esto es terrible", indicó Elvira, la mujer que lo acompañaba, en diálogo con radio Mitre .
Además, detalló que el literato "ya venía hace tres años sufriendo y era doloroso de ver", y agregó que en la última semana su bronquitis se había complicado.


Video: Sabato: "El alma es inmortal" (YouTube)
La familia velará sus restos a partir de las 17 en el club Defensores de Santos Lugares , situado en la calle Severino Langeri 3162, según lo confirmó a la prensa su hijo Mario.
Nacido el 24 de junio de 1911 en la ciudad bonaerense de Rojas, fue novelista, ensayista, físico y pintor aficionado. Mañana iba a ser homenajeado en la Feria del Libro por el Instituto Cultural de la provincia de Buenos Aires por su cumpleaños número 100.


Video: Ernesto Sabato en la Conadep (YouTube)
Además de su magnífica literatura, Sabato será recordado también por su compromiso con los Derechos Humanos. Durante su larga trayectoria, por solicitud del entonces presidente Raúl Alfonsín, presidió entre 1983 y 1984 la Conadep (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), cuya investigación, plasmada en el libro Nunca Más, abrió las puertas para el juicio a las juntas militares de la dictadura militar en 1985.
"Firmó siempre las solicitadas pidiendo la aparición con vida de los desaparecidos", lo recordó Magdalena Ruiz Guiñazú . Y agregó: "Esto no hay que olvidarlo".




Un justo que buscó la verdad
Por Magdalena Ruiz Guiñazú
Para lanacion.com
Sábado 30 de abril de 2011

Conocí a Ernesto Sabato hace muchos años en la Chacra Gallardo, en Bella Vista. Comenzaba a ser famoso. Acababa de publicar El túnel y desde entonces siempre tuvimos una amistad que no se interrumpió nunca.

Incluso tuve el privilegio de estar a su lado en la Comisión por la Desaparición de Personas (Conadep) que Sábato presidió con un enorme coraje y una permanente dignidad.

Quizás sea interesante agregar, sobre todo para los jóvenes que no lo vivieron, que la situación por la que atravesaba el país cuando advino la democracia era completamente distinta a lo que podría ser hoy. Las Fuerzas Armadas tenían todavía un gran poder (fue así que el presidente Raúl Alfonsín tuvo que afrontar tres golpes de Estado) y querían evitar por cualquier medio que se llegara al juicio a las juntas que, en 1985, marcó un jalón en la jurisprudencia internacional.

Tan es así que, cuando fuimos con Estela Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, a declarar ante el tribunal de Roma por los desaparecidos de origen italiano, el fiscal romano Dr. Caporale nos dijo textualmente: "Quizás ustedes no adviertan la enorme importancia que tiene en la jurisprudencia actual el juicio a las juntas que se realizó en Argentina. Es un caso único en América Latina y en la jurisprudencia del siglo XX, repito, porque Nüremberg fue un juicio de vencedores y en Kosovo el tribunal tuvo componentes internacionales. En cambio, en el juicio argentino los jueces, los fiscales y los testigos eran todos argentinos que afrontaban serias dificultades en su seguridad personal."

Lo recuerdo hoy, ante la muerte de Sabato , porque con total desaprensión de las reglas más elementales de la cultura, al prólogo del informe "Nunca más" que firmaba Ernesto Sabato, se le adosó (durante el gobierno del presidente Néstor Kirchner) otro prólogo superpuesto.

Sería interesante que quienes fueron responsables de este atropello intelectual se reunieran y elaboraran otro informe "Nunca más", pero sobre los crímenes de la Triple A que ocurrieron bajo el gobierno constitucional de Isabel Perón.

Volviendo a Sabato no quiero olvidar algunas cosas que me manifestó (el día de su cumpleaños número 94) en un reportaje para el diario Perfil: "¡Estoy contento de haber cumplido 94 años! Por supuesto que me hubiera gustado cumplir 34. Noventa y cuatro es una cifra importante, pero hay que aceptar la vida como es. Aceptarla. La vida cobra valor porque la espera la muerte que es un hecho trágico y trascendente. Y misterioso. Porque no sabemos realmente en qué consiste la muerte. Nadie ha vuelto de allí".

- Sin embargo, vos crees en la inmortalidad del alma.

- Sí, no solamente por lo que yo pueda pensar sino por lo que dicen los filósofos. Sí, creo en la eternidad del alma.(Se detiene y explica). Ahora bien, ¿qué será esto realmente? No lo sé. Sé, en cambio, que hay que aceptarlo con estoicismo, luchando hasta el último día sin bajar los brazos por lo que uno cree que son causas justas. Uno se equivoca muchas veces a lo largo de la vida pero siempre he tratado de luchar por los desamparados y oprimidos.

Querido Ernesto, así fue y te recordaremos siempre como un hombre justo que buscó la verdad.

La Nación




Sabato, el sabio magro
Por Pablo Sirvén
Para lanacion.com
Sábado 30 de abril de 2011

Magro, sombrío, con un dolor casi permanente en el rostro, el paso de Ernesto Sabato por la vida y la literatura argentina deja una huella indeleble, a pesar de lo escasa de su obra y de su presencia con cuentagotas en la vidriera pública.

Raúl Alfonsín pensó en este pesimista pertinaz para presidir la Conadep cuando hablar de los derechos humanos no era un deporte nacional sin riesgos ni una bandera agitada por mero oportunismo político. Los militares acababan de retirarse del poder y aún se mostraban amenazantes en 1984, con los servicios de inteligencia aún respondiéndoles, y los reflejos intactos para dar el zarpazo de vuelta, si cabía la ocasión. El peronismo se había comprometido a respetar la autoamnistía castrense, pero había perdido las elecciones y la Historia daba un inesperado viraje sin precedentes.

Hacía falta una mente matemática, un experto en luchas militantes de verdad y un literato célebre por lidiar con fantasmas parecidos y oscuros en sus novelas "Sobre héroes y tumbas" o "Abaddón el exterminador" para abrir las puertas de ese infierno, sobrevivir al intento de sistematizar esos horrores y dejar a las generaciones venideras esa fabulosa, y al mismo tiempo ascética, constancia de coraje que fue el informe que permitió juzgar a las juntas de comandantes.

Le cabe, sin exagerar, a Sabato el título de sabio, en el sentido más integral de la palabra, porque también fue doctor en física y tuvo una relevante actuación en el campo científico. Es común que aquellos que se destacan en Ciencias Exactas, se mantengan totalmente ajenos el ámbito de las humanidades y viceversa, como si un mismo cerebro no fuese capaz de compatibilizar materias tan alejadas entre sí. Sabato, en cambio, las supo hacer convivir en su cabeza.

Su actitud reconcentrada y de cavilaciones constantes escondían un mundo interior complejo, que cuando lo expresaba, sólo excepcionalmente, podía resonar áspero, por momentos asfixiante, y casi siempre soberbio.

Dolía escucharlo, pero al mismo tiempo cautivaba por lo que decía y cómo lo decía. Su voz privilegiada brindó al relato de la muerte y traslado de los restos del general Lavalle dimensiones de epopeya. Contracara de Jorge Luis Borges, por lo que éste se prodigaba socialmente y por su profusa obra y espíritu ligero, las relaciones entre ambos fluctuaron de nulas a difíciles y de difíciles a encuentros furtivos donde ninguno de los dos dejó de ser el que era.

Pero así como nos retaceó lo más que pudo su palabra verbalizada y mucho más todavía su palabra escrita, Sabato nunca dejó de ser el buen vecino de siempre, fiel hasta el fin a su pago chico de Santos Lugares, donde siempre vivió y donde esta madrugada, a las 0.40 se durmió definitivamente, rodeado de sus familiares más cercanos, para no darle el gusto al calendario, dentro de 55 días, de verlo cumplir cien años.

En el documental Sabato, mi padre, que filmó su hijo Mario, dijo que a su muerte quería ser velado en el Club Atlético Defensores de Santos Lugares, el lugar de encuentro habitual con amigos, como un vecino más, donde nadie lo obligaba a ser de bronce. Allí, en Severino Langeri al 3100 de esa localidad, a partir de las 17 y hasta las 24 podrán despedirlo quienes por allí se acerquen. Mañana, su cuerpo partirá hacia el cementerio Jardín de Paz. Pero sólo su cuerpo. Su obra y sus dichos quedarán interpelándonos para siempre.

La Nación