Miércoles 06 de junio de 2012 | Publicado en edición impresa
El analisis
Vuelven a aparecer los límites
En un mismo día, ayer, comenzaron a moverse los dos
únicos límites que tuvo el kirchnerismo en su experiencia de poder. El
Senado y el sector rural. Esta vez, al revés de 2008, no vienen juntos,
pero son coetáneos de nuevo como protagonistas dentro de una crisis
política y de popularidad que aflige a la Presidenta.
Nadie, ni siquiera el Gobierno, puede predecir tampoco
el final de ambos conflictos. Todo está en el aire. Un eventual rechazo
senatorial a la designación de Daniel Reposo como jefe de los fiscales
podría convertirse en una divisoria de aguas para la gestión de Cristina
Kirchner. Los productores rurales sienten que han sido convocados a un
combate por la revancha de la derrota kirchnerista hace cuatro años.
El problema del oficialismo es que, como en 2008, no se
trata sólo de conflictos aislados. Hay una distancia cada vez más
pronunciada entre la Presidenta y vastos sectores sociales, liderados
por la clase media urbana. La caída abrupta de casi todas las variables
de la economía y la prohibición de acceder al dólar están destacando
valores que habían caído en el olvido. Desde la corrupción hasta la
arbitrariedad, pasando por el despilfarro de los recursos estatales o
por las formas autoritarias de gobernar una democracia.
La Presidenta intuye esa ruptura. En su discurso de
Catamarca, anteayer, recorrió las maneras y los gestos al hablar que sus
asesores le aconsejan abandonar. Era una celadora enojada. Revisó la
historia, más con los chismes que con el rigor. Convocó a entregar la
vida por la patria, cuando no hay ninguna otra guerra que no sean las
muchas e inútiles que declara el kirchnerismo. Anunció que no
rectificará ninguna política económica, pero menos aún la que frenó las
importaciones. Mandó a los industriales a fabricar todo en el país, aun
los insumos más sofisticados. Sólo Guillermo Moreno pudo haberle dicho
que esa política tendrá resultados inmediatos sin paralizar la
producción nacional. La matriz productiva de la Argentina depende de
insumos importados, guste o no. El problema es que ella cree que las
fantasías de Moreno pueden transformarse en realidades.
La crisis de popularidad de la Presidenta tiene sus
reflejos en el Senado y en las decisiones de los líderes rurales. Pero
también interpela a la propia sociedad. Ante viejos y graves problemas
institucionales o ante sospechas que ponían en duda la moral pública, la
sociedad (o gran parte de ella) sólo reaccionó cuando la economía se
cayó. Los caceroleros son hijos de la retracción económica, porque
muchos de ellos votaron a la Presidenta hace pocos meses. El relato del
kirchnerismo sólo es popularmente creíble cuando lo acompañan buenas
noticias de la economía. Así es la historia de la relación entre los
Kirchner y la sociedad. La volatilidad del humor social es un
condicionamiento serio de la política, que no exculpa a una oposición
política postrada e intelectualmente desarmada.
Los productores rurales sospechan, aunque nunca lo
dicen, que puede repetirse de algún modo la rutina de 2008. Esto es: la
conversión de ellos en una oportuna referencia de la desazón social en
las grandes ciudades. Ayer aceptaron una guerra que no querían, pero a
la que fueron llamados. Convocaron a un paro nacional. La distorsión
cambiaria que padece la economía rural, la voracidad impositiva del
Estado frente al bolsillo de los productores y el gélido frío político
en la relación que plantea el Gobierno con el campo. Esos son los
grandes trazos de un combate que, según lo aceptó públicamente Eduardo
Buzzi, es un desquite del Gobierno por la derrota política de hace
cuatro años. "Planifican nuestro exterminio", denunció.
El conflicto de ellos es con Cristina Kirchner, no con
los gobernadores, aunque éstos hayan servido a los intereses políticos
de la Presidenta. Hay una excepción: José Manuel de la Sota. El
gobernador cordobés negoció con los productores rurales un aumento
impositivo, que no incluyó un revalúo de las tierras. Todos conformes.
De la Sota conoció los estropicios políticos de la guerra de 2008, que
lo obligaron a él mismo a excluirse de la candidatura a senador nacional
un año más tarde. De la Sota no era entonces gobernador, pero no quiere
repetir ahora la historia con él como un destacado protagonista.
Desde Raúl Alfonsín hasta Cristina Kirchner, todo los
presidentes han tropezado en el Senado. Todos debieron rectificarse
cuando una mayoría de senadores, a veces ínfima, les dijo que no.
¿Sucederá esta vez lo mismo con Reposo? Ni los senadores kirchneristas
creen en las aptitudes del candidato a jefe de los fiscales del país. Su
escasez de condiciones está fuera de toda duda. Desgraciadamente, la
nación política no se detiene en esas cosas, las esenciales en verdad,
sino en nuevos combates. La oposición necesitaba ayer que le confirmaran
un solo voto más para poder frenar esa designación.
La necesidad surgió, imprevista, brutalmente
inesperada, cuando dos de los senadores por San Luis, Adolfo Rodríguez
Saá y Liliana Negre de Alonso, dieron algunas señales de que estaban
dispuestos a votar por Reposo. Hace sólo un mes, los dos votaron en
contra de la expropiación de YPF. ¿Qué pasó ahora? Sólo se sabe que
Negre de Alonso le hizo preguntas a Reposo, ayer, que éste evidentemente
conocía de antemano. La senadora había anunciado, hace varias semanas,
un virtual rechazo de ambos a Reposo. Lo hizo amparándose en la historia
parlamentaria de ellos y en la trayectoria de Rodríguez Saá. La mala
novedad, una intuición más que una información, llegó justo después de
que Carlos Reutemann confirmó que votaría en contra, tal como lo
anticipó LA NACION.
"La presión del Gobierno es inédita hasta con los
intendentes radicales para que intercedan ante los senadores", dijo un
miembro de ese bloque. Los radicales está jugados con el caso y son los
que más se han movilizado contra Reposo. "Si un senador nuestro sufriera
un infarto ese día, tendría que venir a morir en el recinto",
dramatizaron. De hecho, Ernesto Sanz fue el senador que lo puso más
incómodo a Reposo, cuando manifestó que en un concurso no habría
calificado ni para simple fiscal.
La oposición trataba ayer de convencer al senador
capitalino Samuel Cabanchik, al pampeano Carlos Verna y a los senadores
de San Luis. "Después de todo, Rodríguez Saá conoció los cacerolazos
cuando fue presidente", advirtió un opositor. El Gobierno se abroqueló,
arrebatado de nuevo, detrás de esa batalla. Es un escudo frágil, después
de tantas fracturas expuestas entre los jerarcas de un poder que fue
preciso.
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