Domingo 12 de agosto de 2012
Sociedad
Cárcel y después: el fracaso del sistema penitenciario
El escándalo por la salida de presos para participar de actos políticos
kirchneristas reactualizó un debate largamente postergado, polarizado
entre quienes reclaman un castigo más duro y quienes proponen un "vale
todo" en aras de la resocialización: cómo lograr que las cárceles dejen
de ser "escuelas del delito" y sirvan para recuperar a los presos como
ciudadanos
Siempre
las ilumina el resplandor de algún incendio. A veces, literal: brillan a
la luz un motín salvaje. Otras, en cambio, la quemazón es más figurada y
las cárceles quedan en el centro del debate social cuando un condenado
por haber quemado viva a su mujer gana la calle. O bien porque un
asesino penado con perpetua -en una siniestra versión de la ronda
infantil- también abre la puerta para ir a jugar. Sin embargo, la
secuencia es siempre idéntica: indignación social, grandes titulares,
pedido de cabezas, corrida detrás de una nueva primicia, fin. Y de nuevo
silencio y oscuridad, hasta el motín que viene. Hasta la nueva fuga, la
nueva paliza policial, el nuevo escándalo. Las cárceles en la
Argentina, en tanto, siguen siendo eso de lo que nadie (ni los políticos
ni los votantes) quieren saber demasiado. Un territorio ajeno y temido,
una de esas realidades que sólo se miran cuando interviene antes la
mano embellecedora de la ficción (como en el caso del programa Tumberos ) o cuando se la convierte en espectáculo (como en el caso del reality showCárceles ).
Fuera de eso, el presidio es el no destino. El no lugar. Y, sin
embargo, también una sórdida nación en miniatura, donde habitan casi
60.000 personas. Hombres, mujeres, jóvenes. ¿Niños? Niños también, sí,
conviviendo hasta los cuatro años con sus madres presas.
Dos
miradas, igualmente estrábicas, empalan o canonizan a los habitantes de
la cárcel. Hacen de ellos irrecuperables sociales o víctimas de un
sistema, sin término medio. Y eso vuelve tremendamente difícil el
trabajo de imaginar alternativas. De volver a pensar esa estructura sin
caer en algún extremo: la cárcel-fortaleza o la cárcel-picnic. La pena
entendida en términos de suplicio medieval, para unos, o suprimida del
todo, para otros. Sin término medio y, sobre todo, sin deseo colectivo
de pensar al respecto.
El ministro Alak y el jefe del Servicio Penitenciario, Víctor Hortel, en el centro de la polémica. Foto: DyN
Según
Eugenio Burzaco, politólogo y jefe por dos años de la Policía
Metropolitana "la gente lo único que quiere saber es que el que comete
un delito va preso. En ese sentido, la cárcel cumple tres roles: el
disuasivo [el temor a ir preso hace que la gente cometa menos crímenes],
el resocializador [porque para quien pasó por la cárcel la experiencia
es tan traumática que no quiere volver allí] y uno no menos importante,
que es la inhabilitación. Es decir, impedir que quien está en la cárcel
siga en la calle, delinquiendo. Porque lo que la sociedad no está
dispuesta a tolerar es que las personas violentas queden impunes",
sostiene.
De profundis
"Llora como lloramos en la cárcel, donde el día no menos que la noche
está hecho para llorar", le escribe Oscar Wilde a su amor desde la
prisión. Pero ¿quiénes habitan en ese lugar ignoto? Al menos en las
cárceles federales argentinas, sólo la mitad de los reclusos están
condenados y -contra lo que pueda suponerse- los asesinos y violadores
son minoría; predomina el delito contra la propiedad. Por otra parte,
menos del 5% de los detenidos accede a salidas transitorias, y esto sólo
después de cumplida la mitad de su condena. Según datos del Servicio
Penitenciario Federal, además, tres de cada diez internos no tienen la
primaria completa, y siete de cada diez no terminaron la secundaria.
Pero no todos estudian y no todos lo hacen formalmente, un dato curioso
sobre todo si recordamos que la cárcel en la Argentina es considerada no
solamente un sitio de custodia, sino también un lugar de reeducación.
Quien
se encarga de velar por el cumplimiento de la pena impuesta por la
Justicia es "el Servicio Penitenciario Federal, la institución
dependiente del Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos,
dedicada a la custodia, tratamiento y reeducación de las personas
privadas de su libertad", se lee en un documento del SPF. "Su objetivo
es lograr que los internos adquieran pautas de conducta para su
reinserción en la sociedad una vez cumplida la sanción penal." La
pregunta es, entonces, si el "tratamiento" al que se alude realmente
funciona. Según Jorge Rizzo, presidente del Colegio Público de Abogados
de Capital Federal, no del todo y explica por qué. "El rol de la cárcel
aparece en el artículo 18 de la Constitución Nacional. Pero eso es el
ideal porque después, en la práctica, la cárcel termina siendo la
universidad de la delincuencia", dice. "Por eso hay especialistas que
directamente hablan del «fracaso» del sistema carcelario, y proponen
pensar alternativas. Porque la paradoja es que en el mundo hay cada vez
más gente presa, pero la resocialización va por la misma vía muerta que
en la Argentina. Le estamos pidiendo a la cárcel lo que no está en
condiciones de hacer", admite.
Quizá
sea ésa la tensión fundante: necesitar un lugar donde poner a quienes
no pueden vivir en sociedad pero, al mismo tiempo, hacer de éste el
lugar en donde aprendan a vivir en sociedad. Un planteo sin dudas
esquizoide, pero que -cuarenta años atrás lo señalaba Michel Foucault-
quizá haga a la matriz de un lugar del encierro. "La prisión no puede
dejar de fabricar delincuentes. Los fabrica por el tipo de existencia
que hace llevar a los detenidos", se lee en Vigilar y castigar . Hablaba, sin hablar, de "la tumba".
La tumba
Cualquiera que haya estado alguna vez tras las rejas sabe que lo primero
que se pierde allí es cualquier forma de referencia. Todo cambia: los
nombres, los lugares, las rutinas. La vida empieza de cero, en un lugar
extraño y rodeado de extraños. Los reclusos llaman a este lugar "la
tumba" y según Claudia Cesaroni -abogada criminalista, escritora y
miembro del Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos,
Cepoc- con bastante razón. "La cárcel es una institución donde impera el
miedo, el dolor y la arbitrariedad. Por eso, a muchos nos parece que la
institución carcelaria va a tender a reducirse a su mínima expresión.
La mayoría de los presos son ladrones, y desde luego que no vamos a
felicitarlos por eso. Pero habría que buscar soluciones más reales, como
que la persona trabaje y pague por lo que dañó o robó en vez de ir a
prisión. La pena privativa de la libertad debería limitarse a los casos
más graves, porque claramente no resuelve el tema del delito."
Eduardo Vázquez, condenado a 18 años de prisión por homicidio, en un acto K en San Telmo.
Será
que en ese espacio de encierro donde todo se deforma, hasta la idea de
autoridad -corrección: sobre todo la idea de la autoridad- se vuelve
monstruosa. Porque nadie mira aquí adentro, y las paredes amortiguan lo
que sea. Porque aquí todo se vende y todo se compra, y todo al mismo
tiempo vale nada, empezando por la vida. Así, y en abierta contradicción
con el "sistema penitenciario modelo en América latina" del que habla
el ministro de Justicia, Julio Alak, según el Informe derechos humanos
en la Argentina 2011 elaborado por el Centro de Estudios Legales y
Sociales (CELS), hay "patrones estructurales de tortura en las cárceles y
un aumento de inseguridad tras los muros".
Sólo
en las prisiones bonaerenses (donde se agolpa casi la mitad del total
de la población penitenciaria del país) hay 23 hechos de violencia por
día (casi uno por hora) y una cifra de muertes que no para de crecer y
que en 2010 llegó a 124. En el mismo sentido, el informe 2011 de la
Procuración Penitenciaria de la Nación destaca "la persistencia de
prácticas de tortura sistemáticas en las cárceles federales" como una de
las problemáticas más acuciantes. Menciona 351 casos de torturas
registrados en 2011, 38 muertes violentas y un marcado incremento de
incendios. En este contexto, no es de extrañar que aquello previsto en
la Constitución Nacional ("las cárceles de la Nación serán sanas y
limpias, son para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en
ellas", artículo 18) suene hoy a chiste macabro. Al menos así como está
planteada, la prisión es un caracol. Un animal enroscado sobre sí mismo e
incapaz de rendirle cuentas a nadie, como si interior y exterior fueran
dos esferas inconexas. O no tanto: en julio de este año, Marcelo
"Monguito" Segovia (condenado por el asesinato de Emiliano Martino)
atravesó no uno ni dos, sino seis controles de una cárcel considerada
"de máxima seguridad" y se fugó. Según la Justicia, debía pasar las
próximas tres décadas en la cárcel. No llegó a estar ni 10 días, aunque
al cierre de esta edición fue recapturado.
Antes, después
¿Será que la idea del encierro en sí misma es la que está en crisis, la
que conspira contra cualquier intención de recuperación social de los
reclusos? ¿Que -como sostiene el actual director del Servicio
Penitenciario Federal, Víctor Hortel-, "hacer una mejor cárcel es una
trampa porque eso es más encierro y lo que tratamos es que no sea mejor,
sino que sea menos cárcel"?. ¿Qué clase de institución es ésta cuya
máxima autoridad descree de ella y promueve su desaparición?
Lo
cierto es que hoy, y así como está, la cárcel no conforma. Quizás no
sea tan dura como en el pasado. Quizá hoy luzca menos brutal y hasta más
segura para quienes vivimos fuera de ella. Pero no menos cierto es que
desentenderse de lo que pasa en el interior de las prisiones es un
verdadero suicidio social. Es dejar que una verdadera olla a presión de
violencia, maltrato y resentimiento siga acumulando temperatura,
mientras los datos prueban que no opera ni como disuasivo (uno de cada
tres presos vuelve a delinquir), ni como custodia de los delincuentes
(en ellas se han tramado desde secuestros virtuales hasta raids delictivos,
a veces en complicidad con uniformados), ni como agente de
resocialización eficaz. Porque si quien, cumplida su condena, regresa
literalmente a la nada (a menudo sin vínculos familiares, sin siquiera
un lugar donde recalar, sin un trabajo del que subsistir) estará mucho
menos preparado que antes para resistir la llamada del delito. Volverá a
caer, a repetirse. A ser -alternativamente- ya carne de prisión, ya
victimario. ¿Cómo detener la rueda maldita? "Haciendo más cárceles",
insisten algunos; "encarcelando menos y resocializando más", machacan
otros.
Ahora
bien, ¿esto último significa únicamente organizar un baile entre
penitenciarios y presos? ¿Salidas a un recital? Con una o dos manos de
tilinguería, evidentemente, hasta la mejor de las ideas queda arruinada.
Y quizá lo peor de todo sea que tanto el episodio ridículo del Hombre
Araña foucaultiano como el episodio indignante del pirómano en medio del
pogo distraen la atención de la única pregunta que cuenta: ¿qué hacemos
con la cárcel? Si la eliminación de las prisiones no es siquiera una
opción, ¿cómo se la depura, cómo se la vuelve un espacio de creación de
ciudadanía responsable?
Lamentablemente,
las propuestas en tal sentido no abundan. Pero tal vez para comenzar a
pensar en estas cuestiones sirva recordar en qué condiciones entraron
algunos de los que hoy están en prisión. Según el informe sobre jóvenes
adultos elaborado por el SPF, por caso, muchos de ellos no habían podido
completar siquiera el ciclo de educación obligatorio, el 36% había
comenzado a trabajar antes de cumplir 14 años, el 63% dejó su casa muy
joven (entre los 15 y los 18 años), la mayoría ya había estado en
contacto con estupefacientes y la mitad ya tenía un familiar directo
(madre, padre, hermano) en la cárcel. Para algunos analistas, es
justamente en este segmento en donde hay más y mejor por hacer,
especialmente porque casi todos planean "conseguir un trabajo" una vez
fuera del penal. Pero ¿de qué? No por obra y gracia del hip hop y el
tamboril, seguramente, aunque sí puede que apostando a otra clase de
formación.
Así
lo entiende, entre otros, el jefe del bloque de diputados nacionales de
la UCR, Ricardo Gil Lavedra, para quien "debemos debatir las
prioridades del sistema penitenciario y exigir políticas públicas
consistentes. La prioridad en la cárcel debería ser la escuela pública, y
el secundario completo, en lugar del estímulo gubernamental al
proselitismo. No se está llegando a los eslabones más vulnerables del
sistema, que justamente son sobre quienes debería trabajarse". No
faltará quien vea en un preso estudiante alguna suerte de injusticia, ni
quien sienta que está recibiendo del Estado lo que no merece. Pero tal
vez sea eso -además de jueces dispuestos a cumplir con las leyes- lo que
se necesita para que la cárcel deje de ser lo que ha sido hasta ahora.
Lo que siempre fue: "Más bien un castigo que una custodia del reo", como
anotaba Cesare Beccaria hace dos siglos y medio en esa maravilla de
libro llamada De los delitos y de las penas . Nada ha cambiado
demasiado desde entonces. He aquí el mismo depósito de humanos, la
monstruosa sala de espera con vista a la nada. El lugar donde el único y
verdadero desafío tal vez sea no salir peor de lo que alguna vez se
entró.
EXPERIENCIAS EN AMERICA LATINA
BRASIL
La educación como eje
El
Ministerio de Educación de ese país junto con la Unesco promueven un
proyecto llamado Educación para la Libertad. Apuntan a transformarlo en
un programa nacional.
CHILE
Formación y empleo
El
país trasandino cuenta con un programa de beneficios impositivos para
las empresas que contraten ex convictos. El objetivo: que las personas
salgan de la cárcel no sólo con formación laboral sino tamibén con un
trabajo.
URUGUAY
Trabajo y estudio
Desde
hace 7 años los uruguayos cuentan con una ley que permite, en el caso
de delitos menores, "trocar" el cumplimiento de la pena por trabajo y
estudio. Las personas son controladas y van a prisión en caso de
incumplimiento.
COSTA RICA
Agentes calificados
El
gobierno de ese país pone especial énfasis en la formación de los
agentes penitenciarios. Se los capacita en psicología y manejo de
conflictos, entre otros aspectos
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